miércoles

El Maestro del Prado

He de confesar que El Maestro del Prado es el primer libro que leo de Javier Sierra y ahora entiendo porque mi familia política es tan aficionada al escritor turolense. De hecho, hará como unos diez años que mi suegra acudió a la feria del libro de Navalmoral a que el autor le firmase En busca de la Edad de Oro, quedando ésta muy satisfecha con el encuentro y la dedicatoria.

Conocí el lanzamiento de esta obra gracias a Cuarto Milenio donde hará un par de semanas emitieron un  reportaje fantástico titulado Una noche en el Prado (disponible en su web). Las puertas de la pinacoteca se abrieron en esta ocasión única para Javier Sierra, cual reencarnación de su maestro, e Iker Jimenez, adoptando éste último el papel de alumno deslumbrado por los misterios allí revelados.

Desde que conocí el Museo del Prado allá por el año 1999 en el viaje de estudios de Bachiller, siento cierto fascinación por este lugar. De hecho, el marca páginas que me acompaña mis lecturas desde hace un tiempo fue comprado allí. Muestra un cuadro de Mariano Fortuny Marsal; Los hijos del pintor, María Luisa y Mariano, en el salón japonés de 1874.


Más allá del interés meramente cultural sobre las obras allí expuestas, lo que me fascina de ese lugar es el estado de ánimo que he alcanzado en todas y cada una de las visitas realizadas. No hablo del Síndrome de Stendhal, nunca me han fallado las piernas al contemplar tanta belleza, hablo de algo más difícil de explicar. Es como si la contemplación de cada una de sus salas alimentara más mi alma, más incluso que mi intelecto. Mucho de lo que he podido aprender sobre historia del arte lo he podido olvidar, pero la sensación que experimento cada vez que entro en El Prado se repite siempre.


Volviendo al libro, éste cuenta una historia con tintes autobiográficos que comienza en los primeros días de diciembre de 1990. Un joven Javier recién aterrizado en la capital para iniciar sus estudios de periodismo, acude al Museo del Prado, una de las pocas atracciones madrileñas del momento en el que no había que pagar por entrar ¡como me arrepiento de no haber aprovechado mi tarjeta del paro para entrar más veces gratis en el museo!, pero no nos desviemos. El joven Sierra se queda embelesado contemplando La Perla, de Rafael (1518)

Es justo en ese momento cuando un hombre, y cito textualmente, que parecía recién caído de un lienzo de Goya, se sitúa al lado del escritor.
El extraño contempla también la obra de Rafael Sanzio y ambos se pasan un buen rato en silencio hasta que el desconocido pregunta al joven Sierra;

¿Conoces esa frase que dice que el buen maestro llega sólo cuando el discípulo está preparado?

A partir de esa pregunta, ambos personajes comenzarán una breve pero intensa relación que conducirá a Sierra a contemplar algunos de los misterios escondidos en una de las mejores pinacotecas del mundo y a sumergirse en unas enseñanzas que no sólo cambiarán su forma de entender el arte, también la realidad.

Esta obra toma como conductor a un extraño personaje, algunos dirán que no es real, sólo un recurso literario, que no sólo protagoniza junto a Sierra la trama principal del libro, también nos servirá de guía para volver a contemplar las obras clásicas con otros ojos. Obras, a las que algunos sólo les dábamos características estéticas, se desnudan para mostrarnos una verdad que en su día fue revelada a unos pocos, utilizando estos sus dotes para lanzar un mensaje al mundo. Un mensaje casi olvidado que Sierra, como discípulo de un hombre casi sobrenatural, nos muestra en este libro.

Como licenciada en Bellas Artes y tras leer este libro me pregunto si tal vez el antagonista del Maestro del Prado, Julián de Prada -un hombre que amenaza a Sierra para que cese sus encuentros con Luis Fovel, el maestro antes citado- no habrá ganado su particular batalla. ¿Siguen siendo las obras de arte revelaciones, recipientes de conocimientos ocultos?, ¿actúan como puertas que nos conducen al más allá, hacia lo espiritual, o son meros espejos cuya única función es reflejar el ego del artista? Pero no adelantemos acontecimientos, lean El Maestro del Prado y disfruten de una lectura apasionante y reveladora. Un libro para volver a leer, para tomar nota, para llenar de apuntes... Una obra no cerrada, abierta a un sin fin de preguntas. Tal vez ese fuese el último fin de Luis Fovel, abrir nuestras mentes a través de Sierra y enseñarnos no sólo a ver, también a cuestionarnos muchas de las cosas que entendemos como ciertas.

Como apunte final, decir que me encanta la expresión ojos luinescos, que he aprendido gracias a este libro. Vladimir Nabokov, el autor de Lolita, acuñó este termino para referirse a las miradas estrábicas ya que era un rasgo habitual en las pinturas de Bernardino Luini.

Mi siguiente lectura será Camposanto de Iker Jimenez, algo me dice que es una obra complementaria a El Maestro del Prado.

4 comentarios:

  1. Estoy deseando de leer este libro!!!!

    Y no sabes cuanto, también vi el programa de Cuarto Milenio sobre el Museo del Prado y con Javier Sierra y me quedé con las ganas de más!!

    Espero que caiga pronto en mis manos.

    Por otro lado decirte que yo leí hace unos años Camposanto de Iker Jimenez y simplemente me ENCANTÓ!!!!

    Hay pasajes que dan un poquito de miedo, sobre todo si te gusta leer por las noches como a mi.

    Espero que lo disfrutes mucho.
    Un beso.

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    1. El libro de Sierra seguro que te encanta, yo hacía tiempo que no me enganchaba tanto con uno. El de Iker tiene también muy buena pinta, seguro que también está genial, espero poder hacer la reseña pronto, ¡un saludo y gracias por pasarte!

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  2. Pues mira que Javier Sierra no es santo de mi devoción, pero en verdad ese libro me llama muchísimo y ya me estaba planteando ceder. Ahora, con tu reseña, más, esta semana voy a por él.
    Oye, una maravilla tu blog. Qué entradas cuidadas y qué estética más fascinante. Es precioso, qué envidia. Afiliada me tienes. Nos leemos!

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    1. ¡Gracias! El libro está genial, además si no te gusta su prosa, disfrutaras descubriendo algunos de los secretos que esconden las obras del Prado, una maravilla ¡Saludos!

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